viernes, 27 de febrero de 2009

Same again, mate

Hubo una vez en la que investigué por qué los inmigrantes ganaban menos que los nativos cuando se decidían a vender su carne y habilidades en ese destructor de documentos que los connoiseurs llamamos mercado laboral. No fue, se imaginarán, por interés humano. ¿Qué me importarán a mi las vivencias del señor guatemalteco que se aviene, por un parco estipendio, a tenerme la piscina en orden y el jardín florido? No, lejos de mí tan humanitarias consideraciones. Lo hice por dinero, y bien que le sacamos unos cuartos a la administración, y bien contentos que quedaron cuando les dijimos que en realidad los inmigrantes no estaban discriminados. Que ganaban un poco menos, pero que había esta y aquella razón para explicarlo, que nadie podía decir que no les trataran como al más español de los curritos.

Todo esto, no se confundan, lo hicimos desde un cómodo despacho, con calefacción, sin juntarnos nunca, ni de lejos, con uno de esos inmigrantes a los que investigábamos. Nunca sabes qué te pueden pegar. Pero, ay, el tiempo nos pone a todos en nuestro sitio y hasta a este cerdo le llegó su San Martín, convirtiéndome en un emigrante sin patria. Sí, llegó la hora en la que la santa providencia me expulsó de mis bares habituales, mis domingos con la play y esas carreteras por las que tanto disfruté con mi vetusto Seat Ibiza. Y entonces, nada más bajar del avión, descubrí por qué los inmigrantes, así en general, las pasan tan putas. 

Lo sabrán los lectores que hayan hecho el turista así por el extranjero. Sencillamente, y no hay manera de evitarlo, tu cociente intelectual baja sus buenos 40 puntos según cruzas la frontera. No es el idioma. Bueno, no es sólo el idioma. Tú y todo lo que has aprendido, cosas tan útiles como la zona aproximada del mercadona en la que están los macarrones, cómo pedir una caña en un bar con el ademán más cañí del mundo, cultura general y de la otra, de repente no valen nada. Eres un crío de cinco años que tiene que preguntar constantemente cómo se llama tal cosa y dónde está el baño, por favor. Joder, hace siglos que no pregunto dónde está el baño, se supone que un hombre sencillamente lo encuentra.

Pero bueno, tampoco me estoy quejando. Son sencillamente verdades inmutables, como la ley de la gravedad o la resaca del domingo. Por eso, cuando todo lo demás falla, cuando me veo sumergido en una cultura totalmente extraña y las diferencias en costumbres y horarios parecen ahogar mi capacidad de interactuar con el medio que me rodea, me refugio en lo que de común tenemos los humanos. En las cosas universales que todos compartimos, no importa de donde vengamos o a qué nos dediquemos.

Por eso escribo desde un pub. Same again,mate.